de sombríos ventanales góticos
bella y fría como un lago suizo.
Tampoco tengo un oso encerrado en un castillo
para hablarle de mis joyas:
mi petaca, el raído sobretodo
y una infancia no feliz.
Mis pies no están deformes
pero digo mal las erres como un recién llegado
de un verano licencioso en las calles de París.
No he podido, todavía,
dirigir la bestial lucha de los revoltosos griegos
contra el yugo de los turcos, ni morir entre los moros
por el mero pasatiempo de joder a los cristianos.
Sin embargo, sin embargo,
sí lo hice de algún modo
estas cosas que se hacen por querer ser un poeta
empezando por el goce de no ser jamás dichoso
y adorar como a la luna a la tristeza.
Pobre idiota, qué grotesco,
declararon los juiciosos,
qué anacrónico,
sin embargo, sin embargo,
no faltó una mujer bella que haya dicho a sus amigas:
conocerlo es peligroso.
Nunca quise la fortuna, he pensado que es hermoso
prender fuego algún dinero,
más hermoso que apuntar a los relojes
con fusiles confiscados por el pueblo.
Soy del pueblo,
pero pude sin embargo malvivir como un magnate
navegando entre palmeras por el legendario Nilo
y después volver al pueblo,
que me odien por inútil y me digan
nunca has vuelto
porque acaso sea cierto.
Cómo pude –me preguntan- haber sido un buen colega
de una turba de borrachos de la bien latina América
y otro día ver Venecia.
Todavía no ha salido mi buen libro publicado
sin embargo, sin embargo,
estas cosas que uno hace por querer ser un poeta
de algún modo me han pasado
como alguien que hoy me advierte
que ya cumplo treinta años
y no sé, como de niño, dónde voy, qué estoy haciendo,
para qué me quedo solo
en qué mundo estoy parado.
Estas cosas tan absurdas y anodinas que se hacen
por querer ser un poeta
como si uno no supiera que
para ser un poeta
solamente es necesario escribir un buen poema
que tal vez tendrá tres versos, una nube que ha pasado,
hojas secas del otoño
y ojos secos de tristeza.
(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)



















