Algunos poemas de Alejandro Marzioni

lunes 20 de julio de 2009

-Autobiografía-

No he nacido en la abadía antigua
de sombríos ventanales góticos
bella y fría como un lago suizo.
Tampoco tengo un oso encerrado en un castillo
para hablarle de mis joyas:
mi petaca, el raído sobretodo
y una infancia no feliz.
Mis pies no están deformes
pero digo mal las erres como un recién llegado
de un verano licencioso en las calles de París.
No he podido, todavía,
dirigir la bestial lucha de los revoltosos griegos
contra el yugo de los turcos, ni morir entre los moros
por el mero pasatiempo de joder a los cristianos.
Sin embargo, sin embargo,
sí lo hice de algún modo
estas cosas que se hacen por querer ser un poeta
empezando por el goce de no ser jamás dichoso
y adorar como a la luna a la tristeza.
Pobre idiota, qué grotesco,
declararon los juiciosos,
qué anacrónico,
sin embargo, sin embargo,
no faltó una mujer bella que haya dicho a sus amigas:
conocerlo es peligroso.
Nunca quise la fortuna, he pensado que es hermoso
prender fuego algún dinero,
más hermoso que apuntar a los relojes
con fusiles confiscados por el pueblo.
Soy del pueblo,
pero pude sin embargo malvivir como un magnate
navegando entre palmeras por el legendario Nilo
y después volver al pueblo,
que me odien por inútil y me digan
nunca has vuelto
porque acaso sea cierto.
Cómo pude –me preguntan- haber sido un buen colega
de una turba de borrachos de la bien latina América
y otro día ver Venecia.
Todavía no ha salido mi buen libro publicado
sin embargo, sin embargo,
estas cosas que uno hace por querer ser un poeta
de algún modo me han pasado
como alguien que hoy me advierte
que ya cumplo treinta años
y no sé, como de niño, dónde voy, qué estoy haciendo,
para qué me quedo solo
en qué mundo estoy parado.
Estas cosas tan absurdas y anodinas que se hacen
por querer ser un poeta
como si uno no supiera que
para ser un poeta
solamente es necesario escribir un buen poema
que tal vez tendrá tres versos, una nube que ha pasado,
hojas secas del otoño
y ojos secos de tristeza.

(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)


-Soneto XI-



El polen de las flores que algún oculto viento
dispersa por el aire muriendo en el ocaso.
No ser ni querer nada, no dar un solo paso,
pensar las emociones, sentir el pensamiento.

La dulce melodía que duerme al que está hambriento
o la canción del ciego, del sordo los colores.
Ser un tranquilo lago vecino de las flores
que el sol ha cultivado con rayos de alimento.

Al borde del hastío, al borde, sin pisarlo,
ir cerca del vacío pero jamás mirarlo,
ser culto como un libro que nunca ha sido abierto.

Y no insistir en nada, y ser algo tan bello
como las huellas vanas que deja algún camello
sin carga ni destino que va por el desierto.


(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)

-Hojas-

Esas hojas secas
que cantan en las calles
son como yo.
Viven cantando
y saben que nadie
está escuchando.
A veces pasan llorando.
Y no se detienen
si alguien las ignora,
si hieren su canción.
Pero yo las miro
sin poderles demostrar
mi comprensión.
Yo también estoy solo
y hago canciones.
Mis versos vagan en
las calles, vacilaciones.
Son como las hojas:
los ven
pero no los levantan.
Pero ellos bailan,
pero ellos lloran,
y cantan.
Aunque nadie los oiga
seguirán cantando;
bailan,
aunque a veces lloran
cuando están bailando.
Quizás también a ellos
alguien los quiera
y no los recoja.
Y me esté mirando de lejos
como yo
cuando miro esas hojas.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)


-El primer poema-



Llegó a la vida el hombre, desnudo y solitario,
descalzo en las arenas, mirando en lo alto al cielo.
Parécele que aquello es algo extraordinario
y al no poder besarlo descubre el desconsuelo.

Después halla una flor, tan bella que la hiere,
para llevar por siempre consigo su belleza,
y al ver que se marchita, que lo que se ama muere,
descubre que en su pecho existe la tristeza.

Sintiéndose pequeño, efímero, con pena,
descubre otro deseo que el alma le condena:
hablar de esos temblores que el corazón pronuncia.

Entonces con los dedos furiosos en la arena
dibuja sus metáforas de finitud y pena
naciendo así en el mundo el arte y la denuncia.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)

-Amanece-

despierta, parece dormir.
Juan José Saer.

Amanece
y ya estoy con los ojos abiertos.

Ladran perros,
la voz de los gallos viene de muchas direcciones.
En el árbol verde hay limones amarillos
y hace seis años que murió mi niño.

Esta noche hay una fiesta.

Hace seis años que murió mi niño
y esta noche hay una fiesta,
consideran importante el degüelle de un cordero.

No saldré de casa.
Remarán los hombres dirigiendo las canoas,
beberán hasta pelearse con cuchillos,
se darán la mano y servirán la mesa.

Hace seis años que no los veo.

Anochece y estoy sola.
Me han pedido que festeje, pero nada oigo.
Soy silencios, soy muy simple, hay un cielo y sufro.

Nada quiero comprender, bebo agua
y con leña prendo un fuego. Soy y no me explico.

Es la noche,
hace seis años y una noche que murió mi niño
y los hombres duermen,
han dejado platos sucios y una luz titila.

Amanece
y ya estoy con los ojos abiertos.




(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)

-Solitaria ave-



Envole toi bien loin de ces miasmes morbides.
Charles Baudelaire.
.
Siempre vuelas lejos, lejos de los tiros
de las escopetas y de los recelos
de los que no saben, quebrados vampiros,
de los que no saben elevar sus vuelos.

Cada vez más lejos, lejos los ultrajes
de terrestres guerras fértiles de odios,
cerca de la dicha de ver los paisajes
desde las alturas limpias de episodios.

Los verás pequeños los vastos vacíos
de las bajas vidas que hay en las ciudades.
Los verás pequeños, templos y gentíos,
desde las grandezas de las soledades.

Lejos van tus alas de la cruel rapiña
de aquél que quería con su golpe rudo
destrozar el vuelo del que no se aliña,
de aquél que quería pero que no pudo.

Te ven más pequeña cuanto más te elevas,
ave solitaria, lloras, lloras, lloras,
lloras porque has visto las mediocres glebas,
burdas ambiciones, nimias trepadoras.

Lloras por la furia que siempre asesina,
por la cruel bajeza, baja y sanguinaria,
por la superficie siempre tan mezquina
lloras, lloras, lloras, ave solitaria.

Todo lo que oprime, todo lo que apesta,
todas las miserias de los continentes
han quedado lejos para aquél que apuesta
por las inmortales nubes contingentes.

Los debates doctos siempre dan sus notas
muy desafinadas, siempre con porfía.
Lo refutas todo como las gaviotas
que más alto cantan, blanca maestría.

Lejos de los lutos, lejos de los duelos,
ave solitaria, vuela, vuela y vuela,
vuela y alimenta con tus altos vuelos
al que mira el cielo porque se consuela.

Cerca de las cumbres, cerca del misterio
que nos ve pequeños, bella reina paria,
lejos de la furia y del cautiverio
vuela, vuela y vuela, ave solitaria.



(Del poemario Solitaria, 2006)

-Soneto XIV-



Hay un grupo de niñas, de nenas muy contentas
que van tomando juntas la curva del camino.
Sus voces son tan dulces que pronto me imagino
un coro de felices e ingenuas Cenicientas.

Las veo que se alejan, ¿serán ellas dichosas
tal como son sus voces cantando en el sendero?
Las veo que se alejan, la vista es bella pero
de pronto siento un triste pesar por muchas cosas.

¿Será por el futuro que acaso les aguarda?
¿Por la inconciencia pura que ahora las resguarda
hasta que un día nunca más vuelva a ser así?

Ignoro cuál ha sido la causa de mis penas,
no sé si fue por ellas, aquél grupo de nenas,
o al verme frente a ellas sentí pena por mí.



(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)

-Crítica-

Hay críticos del poema, que los hay los hay
y a menudo se masturban
con el aura de las sílabas
hablan mucho de semiosis, de estructuras
mientras tanto hay un artista
que se sopla todos los dedos
inconsolable

los críticos no se hielan las yemas
no se queman
las palabras se me trepan
como cuando un tigre sobre uno
y no es ninguna broma

algunos escriben, sí
escriben prosa sobre la poesía
pero nunca le vieron sus ojos amarillos
a mí la poesía me está escribiendo
moja una uña filosa debajo de mi piel
llena de letras un texto que es mi cuerpo
de modo que no me fastidien
con palabras y palabras
que tengo con ellas asuntos mejores

la poesía es el asunto del me ahogo
inefable explícito
vulva atroz de lengua hirviendo
y una casta puta
que seduce y no se entrega
y un oxímoron de llama
llama helada, la de Fedra,
es decir no me fastidien
que los dedos se me hielan
que los dedos se me queman
yo sé lo que es sentarse deshuesado
sin servir para otra cosa
que para escribirlo todo
pero no poder

no fastidien que se habló de poesía
de manera tan grosera, facilista,
y me vine antes de tiempo
pero callo
que no puedo más, tirito en el humo
voy a soplarme un poco.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)

-Casi nada-

No conozco la gracia del amanecer,
la espuma del mar, la paz de haber sido,
el fresco sabor del fruto caído,
el pan obtenido del propio quehacer.

Las cosas que tocan mis manos
me juzgan inepto y se quieren soltar.
No sé de raíces, de aquel cosechar
que siembra sencillos verdores lozanos.

No soy como el ave acorde a su nido,
la útil materia no he comprendido
ni el simple ladrillo; mi ser no me agrada.

Tan sólo algún verso acaso ha logrado
en ínfimo intento haber atenuado
saberme esta angustia de ser casi nada.





(Del poemario Madrigal triste, 2005)



-Te has cansado-

Repitiendo a sus ancestros
repitiéndose a sí mismo
cierra el hijo de un aplauso los rojizos aleteos
de la simple mariposa
y su premio es el aplauso de su padre
y el aplauso de un testigo.

Le ha quitado
a la efímera y rojiza voladora
lo que solamente tuvo:
su pequeña y bella vida,
un ejemplo diminuto de cualquier destino.

Repitiendo a sus abuelos
precursor de tantos hijos
crece un niño y ha matado.
Ya logró con un aplauso consagrarse en el vacío.

Esto cansa.
Esto cansa y te has cansado.

Te has cansado con hartazgo
de los gestos de las manos
que celebran sus billetes y cuchillos,
de los dedos que se tuercen tan brutales
cuando tocan y se aplauden,
de los huesos que sentencian y señalan,
que apostrofan las miradas
poderosos y anodinos.

Te has cansado
del aplauso que repite los festejos
de la carne y de la sangre,
de los dedos que hacen cuentas de fracasos
y se pierden entre orgías silenciando
en las bocas que los muerden
un insípido gemido.

De la historia que repite su pasado
te has cansado,
te has cansado del que todavía aplaude
tanta furia y tanto hastío.

Te has cansado y son tus brazos
que se mecen tristemente
que los callas tan colgando
dos congojas que parecen no tener al fin sus manos,
el furor de los humanos, el castigo.
Te has cansado y es hermoso
tu cansancio diamantino.

Eres bella como el árbol que han talado
con sus uñas y entre aplausos
los que todo lo celebran,
los que todo han repetido.

Eres bella y estás quieta como un pájaro que posa
en la cima de un ciprés abandonado
que de todo se ha alejado
por lo mucho que ha crecido.

Eres bella y estás triste. Eres bella y estás quieta
como un pájaro sin trino.



(Del poemario Solitaria, 2006)

-Telaraña-



Compleja y fabulosa arquitectura
que hiló sin más materia que la baba.
Recinto de una reina y una esclava
que ofrece un universo en miniatura.

¿Y esta celda hostil sin cerradura
cuál de los dos insectos atrapaba?
¿La araña que su espacio limitaba?
¿La mosca que cayó en su sepultura?

En este genio cruel de la hermosura
el orden y el azar son la espesura
de un reino que al unirlos los lograba.

Pensar que tal magnífica estructura
la pudo anonadar la travesura
de un niño que jugando la cortaba.



(Del poemario Los cristales, 2009)

-Elogio del mareo-

Dame más vino, que la vida es nada.
Fernando Pessoa.

La realidad vale menos que una uva

una vez perdido el paraíso
pobre gente ya ve cosas
muchas cosas muy precarias
muy falaces
asquerosas
pero saben todas ellas mantener limpias las uñas
y jamás meterse un dedo en la nariz

a la sobria facultad de ver las cosas
se le llama madurez
pero esa madurez vale menos que una uva

nunca falta el buen amigo
que se inflige el mismo vicio
por el gusto de ponerse contra todas estas cosas

es un vicio que bien sabe alborotarlas
estas cosas
serias cosas
que nos sirven sobre todo para torpes malabares
pero hay que hacer que vuelen porque es lo que merecen

los que integran bacanales
ya no son siquiera de una época
son eternos
como eterno es el mareo, por lo tanto ya sabemos
que la sobria realidad equilibrada
es la cosa más mediocre de las cosas

poca cosa, no la quiero,
los invito a que la pongan bien revuelta en una copa,
agitarla con desdeño y brindar por este elogio
del mareo.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)

Los borrachos-

-

Un pintor ha retratado lo que no puede encuadrarse:
lo que siempre se desborda, lo que afecta las miradas.
Nueve son estos borrachos y no pueden enterarse
que también hay nueve musas en su vino derramadas.

Tanta docta inteligencia, la mesura y sus charoles,
la razón que mueve moles coronada por halagos:
esta espléndida cordura y el fulgor de sus faroles
ha estallado en mil pedazos por la culpa de unos tragos.

Los placeres más hermosos, los placeres más feroces,
los placeres más intensos es difícil recordarlos.
Los borrachos y sus copas se han mezclado con los dioses,
a los hombres y a los dioses es posible vomitarlos.

En el medio de la imagen el dios Baco está desnudo
y sus ojos se han perdido porque no ve lo que hace.
Verdes pámpanos rodean su cabeza y un barbudo
que lo mira como un crío a su madre cuando nace.

Todos sufren, todos gozan, de esta noche nadie escapa,
ser feliz es suicidarse sin saberlo en una fiesta.
En el fondo de la imagen hay un hombre que se tapa
porque el mundo es una mancha que de pronto le molesta.

Un prosélito se agacha, lleva el arma bien guardada,
bien guardada para siempre: ya no puede defenderse
de las hiedras coronando una dignidad mareada
que no puede permitirle bien parado sostenerse.

La verdad es un abismo de locuras y visiones
que se mezclan confundidas, que se mueven y están quietas,
los que llegan a la cima ya no entienden sus razones
y se sientan con los sabios, los borrachos, los poetas.

Hay un cuerpo ya encorvado y hay un diablo con sombrero,
los jarrones que se vuelcan en el piso y en un hombro
una mano está apoyada porque es la de un compañero
que se asombra de la vida sin conciencia de su asombro.

Picotea un pajarillo varias uvas que han caído,
no sabemos si son ciertas o el pintor las ha pintado:
lo vivido y lo soñado, ya está todo confundido,
ambas cosas son la misma siempre sabe un embriagado.

Y este cuadro tan valioso, y este signo del prestigio,
con la punta de una uña puede herirse en mil pedazos:
al igual que un hombre sobrio esta tela es un prodigio
que podría hacerse añicos con el vino de unos vasos.


(Del poemario Los cristales, 2009)


-Los esclavos-

Haya arte
que nos hemos descubierto:
ansiedad del infinito
palpitando en la crujiente miniatura que nos forja.

Paladines somos, sin tamaño, de la altura,
haya vino para todos
que buscando un punto muerto
cualquier danza nos vivencia y apetece.

He leído, no sé dónde, algún bar,
en las paredes,
una frase contundente: yo no quiero escribir,
y allí todo estuvo dicho.

En el bronce martillado compusimos los esclavos
que están quietos y pelean,
hay que verlos, hay que verlos,
hay que ver cómo pelean y procuran, con porfía,
desprenderse de las piedras siendo parte de las piedras.

Sólo para decir esto
he viajado alguna vez hasta Florencia.




(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)


-Solitaria silenciosa-



No te importa que acabe un claro día
sin que nadie de ti sepa una cosa:
que has pasado y tu paso no se oía,
silenciosa.

Has pasado con un gentil talento
e invocabas aplausos merecidos.
Has pasado, tu paso leve y lento
no hizo ruidos.

Con sus dulces y anónimos favores
frescos frutos del árbol han crecido.
Aunque nadie conozca sus sabores
han caído.

No te importan jamás a ti tampoco
los elogios de un mundo degradado,
aunque nada se sepa o aunque poco
has pasado.

Las envidias del ego no te atañen
ni te tienta la gloria voluntaria,
nunca dañas aunque siempre te dañen,
solitaria.

Yo te amo, y tú también lo haces,
tu manera de amar la vuelvo mía:
aunque nunca en la vida lo notases
te amaría.

Nadie oía tus pasos cuando viendo
los disturbios pasabas sigilosa,
nadie supo que tú te estabas yendo
solitaria, silenciosa.



(Del poemario Solitaria, 2006)

-Soneto XVIII-



Las gotas demoraban sin prisa su caída
como si fueran mieles que vierten los tejados.
El sol se reflejaba sobre los empedrados,
la lluvia ya cesaba con esta despedida.

Era un feriado incierto, de tal modo nacía.
Lo vi desde mi cuarto detrás de la ventana.
Se oyó el primer silbido con precisión lejana
del silbador logrando su afable melodía.

El clima era propicio, y había que alegrarse.
La gente disfrutaba las ganas de olvidarse
enojos y fatigas de días de arduo trueque.

Sin causa que se explique yo me sentí sin vida
como los trapos sucios de tela humedecida
que cuelgan de las sogas para que el sol los seque.



(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)

-Soneto VI-



Silencio de crepúsculo, renuncias y cansancio,
dolor de algún sollozo, una verdad sabida.
Extraños bulevares de gestos que la vida
olvida y abandona, algún recuerdo rancio.

Canteros deshojados de noches mal soñadas,
inconsecuencias altas como muros sombríos
que quiebran los caminos perdidos y vacíos.
Antiguos tanques llenos con aguas estancadas.

Paisajes sin colores de un cuadro deslucido,
paisajes sin nostalgia, paisajes sin sentido
de noches sin estrellas, monólogo sin chistes.

Y todo se enmaraña para volverse trizas
en este desarreglo llovido de cenizas
en donde se confunden mis sensaciones tristes.



(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)

-La voz-

La tenue telaraña en la pirámide.
Jorge Luís Borges.


En una calle de Aswuan,
entre ásperas maderas de calesas destruidas,
un anciano recuerda una voz.

No recuerda la palabra Nilo,
ya no sabe del desierto (ya está en medio del desierto),
ya no sabe qué es camello ni tampoco poesía.

Es el único del pueblo que jamás discute precios,
para algunos es mendigo,
para otros es profeta,
es el único del mundo que recuerda aquella voz.

Yo lo miro, pero él no puede verme, ya está ciego.
Hay diez manos que me empujan,
hay diez voces que me gritan ofreciéndome el almizcle,
altos nubios de madera, las babuchas.

¿Cómo era? –le pregunto.
¿Cómo era? –le suplico. ¿Cómo era aquella voz?

No me oye,
ni tampoco estará oyendo del mercado el vocerío,
ni el llamado a la mezquita cinco veces por jornada,
ni el llamado de la muerte treinta veces cada día.
No me oye, pero cada vez que quiere
puede oír aquella voz.

Un lejano día
en un puerto despoblado del Mar Rojo
un francés le dijo: “en mi pueblo ya no soy más que un extraño”.

Un lejano día… -yo recito, y el anciano,
despertando de repente me replica: “Fue una noche,
compre algo, por favor”.

Yo le compro una banana por el precio de un papiro, lo sacudo,
-¿cómo era?
y detrás del sol de Egipto,
otro sol más despiadado me flagela la cordura.

El anciano, el profeta o el mendigo,
reconoce los billetes con tres dedos derretidos: “fue una noche”.
De su boca, mi esperanza, es la única propina.

Su recuerdo es un tesoro que las palas nunca hallaron,
faraón insospechado de la África profunda.

Ya está ciego, casi sordo,
con un grado más que ascienda el calor de los desiertos
su recuerdo se ha perdido y la voz ya se fulmina,
es la voz de Arthur Rimbaud.



(Del poemario Los cristales, 2009)


-Solitaria oscura-

Solitaria oscura
gustas de la noche, noche desolada.
La noche perdura
luego en tu mirada,
noche que conservas en la madrugada.
Nunca estás segura
de la luz del día, día que te enfada.
Día de amargura
hasta que abrazada
a la negra noche haces la velada.
Soledad hermosa
que la noche guarda, sírvete de guía.
Eres esa esposa
de la fiesta umbría,
eres esa esposa de una noche fría.
Nunca me miraste
sin la blanca luna, llena en tu mirada.
Tú me desvelaste
solitaria helada,
te busco en la noche, busco sin ver nada.
Nunca estoy dormido
si la noche sigue, sufro si se acaba.
Eres lo que pido
y eras lo que daba
esa noche oscura que de niño amaba.
Siempre vienes llena
de la luna hermosa, soledad umbría.
Guardas esa pena
que desdeña el día,
noche solitaria, solitaria mía.



(Del poemario Solitaria, 2006)


-El sobreviviente-

Sísifo,
siempre Sísifo:
sal de aquí
ya no quiero más mirarte
y te veo sin cesar en cada sitio.

Tú también
fiel fatiga
nunca dejas de mirarme
y tus ojos
siempre llenos de la piedra tan pesada
que conduces a la cima.

Deja ya de fatigarte,
deja ya de hacer saber este suplicio.

Ve mi sangre
siempre dices,
mira, mira:
soy lo mismo que tú eres,
los oficios
todos ellos
son lo mismo que mi oficio,
ven a verme
que la vida es siempre así, siempre Sísifo.

No te muevas,
sal de aquí,
ya supiste que no sirven
las astucias.

Desespero,
desespero de saber que soy tu hijo,
que los padres son tu hijos,
que tú eres
sin saberlo
el señor de todo.

Sal de aquí
pero aquí es esa montaña
donde sudas, siempre Sísifo.

Has entrado a sufrir en los segundos,
no hay ninguno
que no sea tu bajada o tu subida,
eres tú
quien bajando o quien subiendo
siempre llegas
a quedarte.

Siempre llegas
a quedarte
tú que siempre te estas yendo.

La verdad sin cesar sigue tus pasos
y te veo sin cesar en cada sitio,
ya no quiero más mirarte,
sal de aquí, siempre
Sísifo.



(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)


-Soneto XVI-



Nací para ser niño, ¿por qué habré crecido
para que se me rompan tan pronto los juguetes?
¿Adónde se han volado aquellos barriletes
y el patio del recreo donde yo era un bandido?

Dios es un niño enorme jugando con soldados
que pone boca abajo, que ve como un tesoro
el charco donde hay barro y un gran vitral de oro,
que ve como payasos a los más respetados.

Quisiera ser devuelto a la más sabia infancia
que encuentra en el asombro el traje y la elegancia
de no ser ese adulto que causa risa verlo.

Yo busco sin descanso algún regazo enorme
para tener consuelo, porque no estoy conforme,
y lloro como un niño para volver a serlo.

(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)

-Venezia-

Eres la belleza que se ultraja

que se daña
que se ofende

la Venecia que se hunde
por los troncos putrefactos
que no sufren
que no aman

eres pan que no se incluye

do mayor que nadie ensaya

suave nieve que se limpia
con los turbios trapos sucios
esa miel silencio blanco
cuando aturde y se la calla

lentas lágrimas rosadas
una lágrima amarilla
van llorado las callejas
las paredes
los añosos ventanales
tu mirada

y mi furia es que tú sufres

que no puedes
que te cansas

y eres todo lo que hieren
las leyendas que destruyen
todo aquello que se ataca

lo que amo y se demuele

lo que beso que se ahoga

lo que adoro y se me fuga

lo inefable
lo que huye

lo inefable que me abraza.



(Del poemario Solitaria, 2006)


-Lo que quiero-

Yo nada más soy yo cuando estoy solo.
Miguel Hernández.

Yo quiero ser volando el soberano
pelícano que pasa entre las olas,
azul del horizonte tan lejano.

El sol que lo engalana, siempre a solas,
o el invisible trono que es del viento,
los peces que impulsados por sus colas
se alejan del anzuelo fraudulento.
Quisiera ser aquello que has amado
inmensa de belleza y desaliento.

Un árbol bosque adentro, resguardado
del hacha que maneja el homicida,
quisiera ser el bosque inexplorado.

Cuando la gente inquieta está dormida
y se asemeja en algo a los difuntos,
cuando nadie me ataca ni me cuida
me gusta meditar nuestros asuntos.
Yo quiero ser la calle sin revuelo
que a veces caminamos los dos juntos.

Quisiera ser las nubes en el cielo,
los símbolos del todo y de la nada
o aquél silencio blanco que fue hielo.

Tú siempre amaneciste enamorada
de la llovizna suave, suave y lenta
como si en otro tiempo fuera dada.

Quisiera ser las lluvias somnolientas
que caen esas tardes diferentes
a tantas tardes secas y avarientas.

Yo quiero ser el bronce cuando sientes
que todo se redime con el arte
y miras las estatuas eminentes.

Aquellos girasoles, cada parte
de hospicios y trigales que quisiera
pintar de nuevo un genio para darte.

Yo quiero ser la música que diera
la patria de solemnes soñadores,
el piano, los violines, la quimera
haciendo protestar a los tambores.
Quisiera ser aquellas trompas viejas
que hicieron ensanchar los creadores.

Yo sé que por las noches siempre dejas
que el llanto de un violín acongojado
te cuente con dulzura de sus quejas.

Yo amo las palabras que has amado
en páginas tan tiernas y furiosas
escritas por algún desesperado.

Palabras como aquellas, tan valiosas,
preciso darles vida hasta que muero;
te quiero cuando pienso en estas cosas,
queriendo lo que quieres yo te quiero.



(Del poemario Solitaria, 2006)

-Ubi sunt-

Dónde está esa gran suicida
que dispara aunque no acierte
desde cuándo
la pasión está perdida
y la vida es una muerte
caminando.
Dónde está el honor de arder
en la llama que ha gestado
nuestro amor.
Cómo pudo suceder
la pasión se ha extraviado
no hay honor.

Dónde está toda la gente
cuya vida era un latido
desquiciado.
La pasión está ausente
pareciera que se ha ido
a otro lado.
Dónde está la que gimió
la que no pudo esperar
y ahora espera
desde que se nos secó
ser hallada y ser el mar
que antes era.

Dónde están sus desvaríos
de ser libre hasta matar
o morir.
En estos tiempos fríos
es insípido gozar
o sufrir.
Dónde están sus ventanales
que se abrían cual ufanos
abanicos.
Estallaron los cristales.
Se nos clavan en las manos
sus añicos.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)

-Realidad-

Qué boceto ordinario, la realidad,
qué patético esqueleto.

Qué placer, cuando duerme,
colorearle las mejillas de amarillo
y ponerle un banderín en el ombligo.
Qué delicia, cuando ronca,
esparcirle papelillos en los labios
para ver cómo se soplan, ordinariamente.

Qué disgusto, su semblante célebre,
aquél día que la vimos caminando por la calle
y hasta hubo que escucharla, ¡qué disgusto!
le prestamos un pañuelo
y lo ha devuelto sucio.

Y pensar que nos ultraja,
y pensar que nos distrae, tantas veces,
de lo único que vale. Y pensar que nos lastima,
nos reprende.

Aquí viene, qué figura desgarbada,
qué grotesco maquillaje,
cómo escupe la muy burda, la cochina.

Aquí viene, se moquea,
recitemos a Bretón en sus narices
y crucemos una pierna con sus piernas:
que se caiga, ordinaria,
como siempre,
con su voz que desafina y nos ofende.



(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)

-Mi noche triste-

Esta noche que te has ido
desde luego volverás
y verás que mi alma es muda como una bruma triste.

No tolero este destino y esta noche que te vas
aseguro que has venido.
Esta alma, de tan triste, siempre amó la soledad
y por eso, nada más,
nos habremos conocido.

Esta noche que te has ido lo que vea lo verás,
lo que digo lo has oído.

Hay una barca de vela en un lago muy tranquilo.
Fue rotundo y fue rapaz tanto tiempo que ha ultrajado
un timón tan carcomido.

Hay un viejo que la observa y la toca con la rama
que en la orilla ha recogido.
Es un viejo que recuerda lo que todavía ama
de algún tiempo que ha pasado
y le ha pertenecido.

Lo que vea lo verás
esta noche que te has ido.

Este lago tiene paz y esta barca que tú viste
ya no puede navegar como antes ha podido.
Cada vez que vuelve a verla vuelve el viejo a recordar
a ese niño navegante
que una vez había sido.

Esta noche que te has ido
desde luego volverás,
esta imagen que leíste te dirá lo que he sufrido.

Esta noche que es tan triste
lo que vea lo verás.

Esta noche no te fuiste. Esta noche no te vas.
Esta noche no te has ido.



(Del poemario Solitaria, 2006)

-El ahogado-



El ahogado baila un descenso lento
en su frío lago; lentamente gira,
como si mirase sueñas que te mira
con dulzura amarga y hondo abatimiento.

Sus cabellos tratan de envolver los peces
y hay una sonrisa que se le deshace.
Quieres abrazarlo, quieres que te abrace,
esto lo has soñado tantas, tantas veces.

El ahogado baila un descenso suave
como si supiera lo que ya no sabe,
como si bebiera lo que ya no bebe.

Gira lentamente, yo también lo veo,
yo también lo sueño y también deseo
alcanzar su mano para que me lleve.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)

-El consuelo-


Cuando no tolero la vida decadente
y toda la inmundicia me toma como presa;
cuando todo lo insípido se torna omnipresente
hay algo que consuela, y eso es la belleza

de la mujer que pasa: su paso me redime
los frígidos entornos, me olvido de una pena.
De su pollera cae la flor de lo sublime
como el ayer proustiano desde una magdalena.

Podrá ser mala o buena, no importa mientras miro
sus ojos parecidos al dios en que no creo;
será hasta que se pierda, camina y yo la miro,

será hasta que me pierda, camina y yo la veo,
mientras olvido todo, mientras largo un suspiro,
mientras olvido todo aquello que es tan feo.
.
(Del poemario Madrigal triste, 2005)

-Los furiosos-

Y hay más frutas, más inviernos,
más jardines,
y una gota fresca ha caído silenciosa sobre un pétalo violeta.
Mucho bien si todo fuera tan sencillo como aquello
pero ya la flor se arranca,
alguien grita,
alguien mata, alguien odia
y alguien muerde.
Y qué buscan los furiosos,
y qué dicen los furiosos, los furiosos
qué desfile están haciendo. Y hay más viento,
se armonizan las estrellas
pero ellos han querido embestirlas con su furia.
Con su furia hicieron ruedas,
almanaques,
varias hachas, la escalera, y un gobierno pavoroso.
Y qué esperan los furiosos
para ya poder caer
como una gota fresca y silenciosa sobre un pétalo violeta,
y qué buscan
y qué aman
y qué odian los furiosos
y qué esperan que no sea
esa misma condición
que los trepa a dar un salto en sus balcones,
qué maldicen que no sea
su razón mal arrastrada
dando bruscas volteretas, qué no aguantan los furiosos
que no sea la condena de jamás poder
caer
sobre un pétalo violeta
como una gota fresca y silenciosa.



(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)



-Monstrum-



Se alza con su baba detrás del horizonte
y encuentra la manera de amenazar a todos:
el monstruo es lo normal, maldito mastodonte
que impone que es así, y no existen más modos.

La bestia que envilece a nuestros semejantes
y muerde con sus dientes a quien lo subestime.
La bestia del criterio de los más ignorantes
que aplasta con su lomo al pobre que se anime

a martillar sus dioses vacíos y funestos
a delatar su aliento, a desafiar su ira,
pintarrajear su espalda con arte y manifiestos

y a todo aquél que piensa, que duda, que suspira,
pero por sobre todo a versos como estos
que saben que no existe, que el monstruo es de mentira.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)


-Soneto XVII-



Al verme en el espejo veo una triste planta
en la mortal sequía de su maceta rota.
Soy una casa oscura que noche a noche acota
su plazo hasta el derrumbe que el tiempo le adelanta.

Mi cuerpo es un mendigo que va en brazos del alma
y el alma es como un árbol de navidad que ha visto
el fin de los festejos, que nunca tuvo un Cristo
que lo devuelva al bosque para encontrar la calma.

Un barco sin marino, un barco que navega
por algún mar perdido, un barco que no llega
jamás a ningún sitio, jamás a ningún puerto.

Un príncipe de cromo, un príncipe pegado
en las hojas de un álbum raído y olvidado
de un niño que ya hace un siglo que está muerto.



(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)


-Nuestro trabajo-

Nuestro trabajo es inmenso.

Vamos frente a frente con la niebla
enfrascamos las fragancias
nos perdemos
en la siembra sabia del silencio
mientras todos se protegen y nos dejan solos,
siempre lejos.

Custodiamos con escudos una vela
de en la polvareda cruenta, agria y terca
como aquella indiferencia aglomerada. Encontramos huesos,
viajamos hasta el punto de que olviden nuestro acento,
conservamos los despojos de una carta que hizo historia
con sus lágrimas y besos.

Nos sucede lo increíble: tenemos algo para hacer.

Nuestro trabajo es una proeza de perseguidos,
amantes somos.
Envolvemos con la manta respetables auditorios
consiguiendo que lo vano
que lo felizmente sórdido
se convierta en masa tosca y desmentida, muevo un labio
y ya hicimos el paquete:
anudamos allí adentro la prudente cobardía
junto a la opinión de todos,
cerramos el paquete confundiendo nuestros dedos
nuestras piernas
nuestros brazos
te desnudas, me desnudo, y el paquete vuela,
lo quemamos con un soplo.

Nuestro trabajo es inmenso
y tenemos el deber de hacerlo,
es cuestión de vida o muerte.

Caemos agotados tantas tardes, tantas noches,
tantas veces nos desprecian,
nuestro trabajo es la proeza de los mártires anónimos.

Ah poblado idioma, qué has de hacer con tus palabras,
habla tú, prodigio invisible y misterioso, hacedor de sueños,
deja ver tus brazos,
esos símbolos que cuajan símbolos, zarzas del poeta,
ábrelos para nosotros,
aprésanos ahora,
atrévete a explicar cómo es nuestro trabajo,
lo que es nuestro deber, figúranos,
atrápanos ahora:
lo que hacemos es amor.

Nuestro trabajo es de los grandes
aunque sean tan pequeños,
nuestro deber es de los héroes
nuestro deber es de los locos.

Sin que nadie nos ayude
conservamos lo que ayuda,
sin que nadie nos ayude –dos artistas solitarios-
habitamos una niebla
para amarnos como héroes,
sin que nadie nos ayude trabajamos para todos.



(Del poemario Solitaria, 2006)

-Al de la triste figura-

-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.


No te mueras, pero advierto
que te olvidan y te ignoran;
soy de aquellos que aún imploran
verte alzado, nunca muerto.

No te mueras, porque pierdo
la ilusión y la armadura
mientras sufro la amargura
de un idiota mundo cuerdo.

Los molinos son molinos
tan precisos, tan cansinos,
son praderas las praderas

mas la vida, si es que callas
ya no es vida; no te vayas
que haces falta. No te mueras.



(Del poemario Madrigal triste, 2005)


-El hecho preciso fue así-

Yo colgaba propiamente de una rama metafísica.

Mis cabellos se volaban
y la luna no venía,
hubo hielo en mis entrañas
y después hizo calor y me incendié.

Pero todo esto
me parece que jamás lo supe.

Yo colgaba
y después pasó gritando un señor lo que vendía,
yo colgaba
y después pasó un bombero,
un cangrejo,
un prosista,
yo seguía así colgado
pero nunca me enteré.

Muy colgado,
y no supe qué pensar de una gente tan extraña, optimista,
y no supe qué pensar
de una gente tan extraña, pesimista,
muy colgado
y no supe qué pensar de la cuchara
que revuelve en la cocina,
del discurso en el estrado,
de creyentes que caminan por las brasas sin quemarse,
de Platón, de Marx y Nietzsche,
de la entera vida,
y no supe
qué pensar
de las cosas que se piensan, no pensé.

Nunca pude desprenderme,
nunca pude,
muy colgado todavía. Sin embargo
nunca paro de
caer.



(Del poemario Siempre Sísifo, 2008)

-Soneto XXVII-

La muerte hasta mi puerta llegó parsimoniosa
y desplegó la seda, su alfombra y sus damascos.
Me dijo que en sus ojos no habrá dolor ni atascos
para lo que deseo, que quiere ser mi esposa.

Yo soy la clara lumbre de los oscuros lechos,
el pan de mesas pobres, la más fiel compañera
del solitario triste, el fin de toda espera,
la mano delicada que enfría ardientes pechos.

Me dijo la intocable, la de los ojos bellos,
que va tocando a todos, que roza los cabellos
del hombre desvelado logrando que sosiegue.

Muy cerca de mi puerta me dijo que me ama
y que todas las noches me sigue y que me llama
para partir con ella cuando el momento llegue.



(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)









-Miniatura-

La hermosura: una aguja diminuta
traspasó la carne de mi dedo. Qué sencillo
que la piel nos arda, sangre.
El dolor, algo tan grande, ha salido de una astilla,
una uña, un minuto bajo el agua,
la palabra nunca.



(Del poemario Los cristales, 2009)

-Soneto III-

Mi vida es una lluvia del domingo nublado
que cae lentamente sobre las frías tejas.
Mi esfuerzo por decirme, por retratar mis quejas,
se pierde como el agua de un balde que han volcado.

Mi cuerpo es un naufragio de mares sin tormenta
con olas que no cubren siquiera la cintura.
No tengo ni el consuelo de la literatura
porque escribir me duele pero no me contenta.

Padezco el desconsuelo de la rasgada seda.
Imploro alguna noche de paz para que pueda
dormirme con sosiego mientras la luna brilla.

Yo soy el que se esconde, anónimo inquilino
de quien nunca se sabe si parte o si ya vino.
Mi sombra nunca vieron, soy el de la bohardilla.



(Del poemario Soneto del desasosiego, 2007)
















domingo 19 de julio de 2009

-Antimanifiesto-

A modo de epílogo, dejo aquí este texto que considero útil.


VERSO MEDIDO Y VERSO LIBRE: ANTIMANIFIESTO


Los manifiestos suelen coincidir en la siguiente característica: imponer un estilo o una manera de concebir la literatura que se opone a otros estilos o a otras maneras de concebir la literatura.

Lo que haré aquí será un manifiesto que manifiesta su hartazgo ante todos los manifestadores que cumplen esa característica: manifiesto que cada poeta debe escribir su poesía en el estilo que le sea más feliz, y que no es plausible la actitud de juzgar un estilo en desmedro de otros.

Esta postura toma como base el convencimiento de que no son los estilos poéticos los que son mejores o peores: mejores o peores han de ser los poetas que los utilizan.

A los más leídos les puede parecer que esto es demasiado obvio y evidente. Más evidente es el hecho de que la poesía y sus lectores no han resuelto del todo este asunto y, en todo caso, me atengo a esta máxima nitzscheana: es triste decirlo, pero no hay nada que se tenga que demostrar con mayor energía y tenacidad que la evidencia.

Hablando de poesía, es evidente que hay dos estilos que se han encontrado muchas veces: el verso clásico o medido y el verso libre.
Pocas veces el encuentro ha sido un feliz encuentro entre dos hermanos.
Yo creo que hay, históricamente, un campo de batalla entre el verso libre y el verso medido. Y creo que de ese campo de batalla sale perdiendo la poesía.

Quisiera partir de dos premisas:

1) Hay poesía extraordinaria escrita en verso libre, poesía que debería escribirse ya mismo.

2) Hay poesía extraordinaria escrita en verso medido, poesía que debería escribirse ya mismo.

El hecho de que ambas puedan entrar en discordia no es más que una penosa imposibilidad de superar debates y disputas del pasado, conflictos propios de la evolución de un género, conflictos que deberían terminar de una buena vez sin que resulte menospreciado ningún estilo.

Considero pertinente exponer un muy ligero panorama histórico del asunto. Desde un principio, desde el amanecer de la poesía clásica, el verso medido ha sido (e incluyo aquí el verso blanco) una norma impuesta, una especie de chaleco de fuerza que no admitía divergencias. Aquello, por culpa de la ortodoxia española, anquilosó hasta tal punto a la poesía hispana que en el siglo XIX ya no había quién aguantase la rigidez del verso español. Fue necesario el Modernismo latinoamericano para poner un poco de aceite en tan oxidados engranajes, pero esta escuela también sufrió su anquilosamiento. Gracias al verso libre, poco a poco la creación poética adquirió por fin una libertad plena, pero para lograrlo tuvo que enfrentarse con sus antecedentes y con el canon, tenía que suceder.

Ahora bien: la poesía medida y rimada tuvo su período de crisis, pero el verso libre lo está teniendo ahora.

Hoy en día, a causa de esta “libertad”, término tan falaz, lo que está produciendo el verso libre es una poesía de libertinaje, una amorfa orgía de palabras que sólo hacen que cualquier ocioso experimentador se sienta “libre” de considerarse poeta cuando no lo es.
Está bien el término “libre” en tanto lleva fijado su origen: la liberación de la normativa ortodoxa. Sin embargo, nunca el arte es libre, siempre es esclavo de sí mismo, de su propia materia, de la exigencia de ser buen arte. Esto significa que la poesía, rimada o no, respetuosa o no de la normativa ortodoxa, debe estar sujeta a la ley de ser buena poesía, de poseer un ritmo, una musicalidad, un decoro semántico, una calidad verbal, una suma de cualidades que hacen que un poema no sea lo mismo que una cantidad de palabras desperdigadas por cualquier ocioso que no tiene nada mejor que hacer.

El rigor de la poesía clásica ha causado como consecuencia que se escriban insípidas exhibiciones de maestría que nos garantizan leer a un autor que sabe lo que es un soneto pero que no sabe ser un artista: formulismos y recuentos de sílabas impecables a los que sólo les falta ser poemas y dejar de ser meros alardes de tecnicismos.

Del mismo modo, el verso libre ha tenido como consecuencia el hecho de ser un pasaporte falso, una licencia comprada de poeta, la epidémica escritura de millones de banalidades y palabras tontas y patéticas. Por culpa del verso libre hoy en día se están talando todos los árboles del bosque para que la periferia semiilustrada del barrio publique sus colecciones de sopas de palabras y de silogismos líricos. Además, algunos ya estamos cansados de que escriban como quién está por hacer la revolución aquellos que repiten, ya trillados, los vanguardismos de sus abuelos.

He escrito un párrafo en el que se manifiestan fealdades propias del verso medido y luego otro párrafo en el que se manifiestan fealdades del verso libre. Recuerdo que estas fealdades no son, en verdad, fealdades del género. Son las fealdades de los poetas que incurren en estos géneros sin hacer un uso logrado de ellos.

Lo que manifiesto es que la poesía debe hacerse ya sea ajustándose con naturalidad y destreza a las normativas de la métrica y la rima o ya sea en un verso libre trabajoso y digno. Es hora de hacer buena poesía, sea en verso libre o en verso medido, es hora de superar las viejas rencillas entre las dos modalidades.

Muchas veces se consideran los defectos de un poeta como defectos propios no de ese poeta sino del estilo que ese poeta utiliza. Ejemplo: cuando un poeta escribe un soneto con el defecto de que no logra hacer que la normativa sea un medio subordinado al fin de la belleza poética y, por el contrario, subordina la belleza poética a la normativa, entonces se considera que el estilo es poco feliz, cuando evidentemente ha sido poco feliz la manera en la que el estilo fue usado por el poeta.
En este caso es común que los portavoces del versolibrismo digan que en la poesía rimada los límites del género impiden que el poema diga alguna cosa necesaria, o que haga que el poema no diga lo que quiere decir sino lo que puede debido a las limitadas posibilidades de la rima. Es decir que en lugar de criticar directamente al poeta se aprovecha para criticar, injustificadamente, el estilo al que este mal poeta se ha adherido.

Iguales ejemplos se pueden encontrar si buscamos las monorrítmicas críticas que la gente ortodoxa derrama contra escritores del verso libre. Una de estas es la de la facilidad: se dice que el verso libre es más fácil, que es prosa troceada. Falso: lo que es fácil es escribir pésimo verso libre, así como puede ser fácil, luego de un poco de ejercicio, escribir un perfecto soneto endecasílabo que no diga nada, que sea un mero recuento de sílabas careciente de toda emoción poética.

Más irrisorios, todavía, los que defienden el verso libre en pos de una curiosa libertad que, al parecer, se contrapone al autoritario verso clásico: como si las reglas de la poesía medida no fueran un digno medio de alcanzar la belleza poética a través de la musicalidad y la armonía y, con pésima noción política, las confundiesen con las leyes policiales de los Estados nacionales quienes, a decir verdad, aborrecen en sí a la poesía o se desentienden de ella indiferentemente de los estilos que posea.

Igualmente irrisorio es que haya defensores del verso libre como modelo insurgente y provocativo en una época en la que prácticamente no se escribe otra cosa que verso libre, sobre todo del malo.

Todo nos lleva a concluir lo siguiente: los estilos poéticos del verso medido y del verso libre son dos estilos dignos que nos han dado preciosas composiciones, que sus fealdades no son intrínsecas a ellos sino a los poetas que los utilizan, que es preciso utilizarlos bien a ambos porque ambos ofrecen posibilidades extraordinarias.

Son dos formas de hacer buena poesía y las dos deben utilizarse sin que una se considere por encima de la otra.

El verso libre y el verso medido tienen algo en común: son igualmente capaces de alcanzar la belleza.

Que la belleza poética se imponga sobre la dialéctica literaria de los géneros.

Y el antimanifiesto termina así: la poesía no ha muerto, ¡viva toda la poesía!


Alejandro Marzioni, 2004.

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