lunes 2 de enero de 2012





Gracias por entrar en este humilde blog en donde publicaré algunos de mis poemarios, preferentemente los que considere concluidos.

A modo de bienvenida, y antes de poner los enlaces con los poemarios que vaya publicando, quisiera decir algunas palabras que podrían considerarse como un manifiesto sobre la relación de Internet con la poesía.

Más allá de lo correcta o incorrecta que pudiera ser, siempre me pareció extraordinaria la opinión de que los primeros poemas del mundo fueron las primeras palabras de los primeros idiomas y, quienes las pronunciaron, los primeros poetas, quizá los más grandes y anónimos de la historia.

Que la lingüística carezca de respuestas para el origen de las lenguas es uno más de los factores que contribuyen a que la poesía quede, desde el principio, preservada de las reflexiones prosaicas, en el mal sentido de ese término, es decir, el más acertado, el peyorativo.

Sí, los primeros poemas fueron las primeras palabras.

Las primeras metáforas con las que unos anónimos creadores le dieron vida a una necesidad física y metafísica para, pronunciando sus hallazgos, salvarse con ellos, o condenarse o, lo que realmente sucede, las dos cosas al mismo tiempo.

No importa si todavía no estaban listos para llevar a cabo, de manera racional, una valoración estética: hacían poesía, y la poesía los iba haciendo a ellos.

Toda palabra es una balsa sobre la que uno puede arrojarse para, de una manera precaria pero eficiente, mantenerse a flote en medio de este mar infinito y tempestuoso que es la realidad que nos rodea. Los poetas, cuando son de los mejores, pueden lograr que esa balsa en la que nos arrojan sea más sólida que el mar.

La poesía, siendo su cuerpo la palabra, siempre estuvo un tanto más allá de las influencias y afectaciones propias del devenir de la historia. Siempre o casi siempre utilizamos las palabras para comprender e incluso sentir casi todo lo que nos sucede.

En tanto exista el reino de la palabra, existirán aquellos que saben ver en ellas su sentido más profundo, los poetas: aquellos que, por más desarrollada que esté su lengua, no dejan de pronunciar palabras como si fueran dichas por primera vez, recuperando para ellas ese origen mágico y mítico que les corresponde.

Un poema es un idioma que ha vuelto a su infancia y que logra volver a soñar y a asombrarse de todo lo que lo rodea.

La palabra poesía proviene del griego “creación” o “crear”. La poesía, el instrumento más excelso del lenguaje, cuenta entre sus creaciones más notables al corazón de las culturas del mundo. La poesía ni siquiera necesita de la escritura.

Dijo Baudelaire que Dios, para reinar, no necesita existir. Podríamos decir que algo equivalente sucede con la poesía, es más: al contrario de muchos otros fenómenos intrascendentes, la poesía no necesita de ningún concepto para ser comprendida, todo concepto no hace más que alimentar el misterio.

Desde un punto de vista académico, podríamos decir de la poesía que es el único de los géneros literarios anteriores al concepto mismo de literatura. La poesía fue, al principio, la manera en la que los pueblos, ayudados por los juglares, debían difundir los discursos necesarios para capturar, cuando no había ni siquiera escritura, su pasado, sus valores, los fundamentos mismos de sus culturas. Era una cuestión de supervivencia, un elemento tan necesario para una civilización como el agua y la tierra. Y lo sigue siendo.

Me atrevo a decir que, desde el punto de vista literario, nacieron nuevos géneros, como la novela, que en un futuro podrían desaparecer y volver a la nada, pero la poesía seguiría, como siempre, tan vigente como el concepto de su grandeza. Ni siquiera cambiaría su carácter popular y aristocrático al mismo tiempo, la noción de su importancia compartida incluso por quienes no leyeron nunca un solo verso, el hecho poético por excelencia de que, estando al alcance de todos, pocos son los que se sumergen ella de manera conciente y comprometida.

A través de los siglos, las culturas han ido desarrollándose, y la irrupción de nuevos elementos y circunstancias modificaron sus maneras de vivir y de comprender el mundo. La ballesta fue reemplazada por las armas de fuego, pero la palabra no pudo ser reemplazada por ningún otro recurso capaz de superarla y, cuando se usa de manera trascendente, sigue siendo la más poderosa de las armas.

Todos los cambios que revolucionaron la humanidad a nivel filosófico y tecnológico no pudieron hacer nada contra la poesía y, más bien al contrario, le brindaron a los poetas nuevas formas para expandir su reinado.

Este más allá de todo que la poesía comparte con el lenguaje mismo es evidente hasta en el hecho de que una cosa es ser un escritor, y otra un poeta: no todos los que escriben literatura se consideran ni son considerados como poetas, ni siquiera los que escriben en verso.

Ahora bien, ¿para qué estoy escribiendo todas estas palabras, si es que hay un para qué? ¿Con qué finalidad hago el esfuerzo de componer este panorama de conceptos generales, si es que hay finalidad alguna?

Hay un motivo, sí. Se trata de una reflexión sobre la última revolución tecnológica que ha llegado a la humanidad para modificar, muchas veces de manera sustancial, sus maneras de comunicarse, de formar lazos, es decir, la manera de vivir de muchos millones de personas. Internet.

La nueva revolución tecnológica se suma a los fenómenos que, lejos de afectar a la poesía de una manera perjudicial, más bien le proporcionan nuevos recursos para incorporar a su reinado ancestral. No: es más que eso. La nueva revolución tecnológica, basada en las redes virtuales, tiene como elemento primordial de su formato sofisticado, al clásico y conservador lenguaje de las palabras. La poesía es, una vez más, lo más conservador y revolucionario, la magia de seguir logrando que el orden y la anarquía quepan en una sola moneda, conformando sus dos caras aparentemente opuestas.

Las redes virtuales consisten, básicamente, en un instrumento que expande, todavía más, el poder de la palabra. Las enciclopedias virtuales, el chat, los foros, todas las redes sociales funcionan en un mundo de palabras. En algunos casos, por ejemplo los espacios dedicados a la literatura misma, se trata de un mundo exclusivamente de palabras.

¿De qué manera, tanto positiva como negativa, pero sin cambiar ningún aspecto sustancial, puede Internet afectar a los poetas y a la manera de posicionarse con sus obras?

Es una pregunta amplia que da lugar a un debate interminable. No obstante, quisiera centrarme en un eje: la difusión y el mercado.

Las nuevas tecnologías siempre afectaron la manera de producir y distribuir la literatura. Antes de Internet, lo hizo la imprenta. Sabiendo lo que significó la imprenta, ahora debemos ser concientes, nada más que para empezar, que las redes virtuales le proporcionan al poeta, con un bajo o nulo costo, una imprenta infinita.

Primer factor a tener en cuenta: jamás un poeta contó con recursos más poderosos para publicar y difundir su obra. La poesía, que existió antes que el libro y el papel, desde luego que seguiría existiendo, si acaso sucediera, en caso de que los libros desaparezcan.

Segundo factor a tener en cuenta: la manera en la que este fenómeno afecta al mercado literario. Desde el surgimiento mismo de la burguesía, y la inmediata cosificación de la obra de arte como mercancía, la discusión sobre el mercado, y su conflictiva relación de amor y odio con la literatura, es un debate complejo y apasionado. De este debate siempre surge esta premisa: por mucho que un poeta se oponga al mercado, lo necesita, no hay literatura sin mercado. El mercado, por su lógica burguesa, tiende a hacer de la literatura una profesión y de la obra literaria una mercancía: atentando contra los más sólidos fundamentos románticos, logra que una obra poética quede excluida de un nivel importante de difusión si no se dispone a ser vendida como cualquier otro producto, entre las latas de lentejas y los manuales de tornería.

¿Cómo afectan a los poetas los recursos de Internet como instrumentos de publicación y difusión de una obra? Nos afecta, desde luego, de una manera radical: ahora mismo contamos con la posibilidad de ofrecer nuestra obra a los lectores sin depender de ninguna editorial ni de nadie más que uno mismo. Por medio de una página propia, y casi sin gastar una sola moneda, un poeta puede publicar su obra y regalarla a todo aquél que desee leerla desde cualquier lugar del mundo.

Desde luego que este formato virtual se ajusta a las leyes del mercado y le ofrece, también al mercado, nuevos recursos, esto no es novedoso. Lo realmente novedoso del medio de difusión virtual es que, además de ofrecer nuevos recursos para mercantilizar la poesía, los ofrece para independizarla del mercado por completo.

Queridos poetas, todo lo que acaban de leer no vale la pena más que para decir lo que sigue: ¡Se acabaron las excusas!

Ahora mismo todos tienen la opción de publicar su obra poética de la manera más romántica que existe: sin pedir nada a cambio, negándose rotundamente a que la poesía se convierta en algo que se compra y que se vende.

No, ya no hay excusas, a partir de ahora la mercantilización de la poesía no es más que una opción frente a otra.

Un poeta que publica su obra mediante las editoriales no puede publicarla, a la vez, en Internet, sin afectar el éxito comercial de su obra. Sin embargo, ahora mismo son más los lectores que, para acceder a una obra literaria, dependen de las redes virtuales antes que de los libros. Si solo pudieran leer la obra de un poeta los que tengan sus libros, la cantidad de lectores de esa obra sería muy inferior a la que tendría una vez publicada en Internet.

Si es que está en sus manos, el poeta puede elegir: dar su poesía a todos, o darla solo a los que puedan pagar por ella.

Un poeta que se niega a publicar su obra por Internet para que todos puedan acceder a ella es un poeta que, de algún modo, atenta contra la poesía anteponiéndole intereses comerciales.

Ahora mismo tenemos la oportunidad de difundir nuestra obra sin depender de las leyes del mercado, de modo que, repito: ¡Se acabaron las excusas!

¡Se acabaron las excusas! Los poetas, a partir de ahora, pueden y deben demostrar que la poesía no se compra ni se vende, y por lo tanto tienen la obligación de publicar sus versos en las redes virtuales, sin exigir nada a cambio a sus lectores.

No debería hacer falta aclarar que la publicación por medio de los recursos virtuales no tiene que excluir necesariamente algo tan hermoso como un libro. Si tienen la oportunidad de hacerlo, los poetas pueden y deben publicar libros, pero además deben publicar su obra por Internet para que su difusión sea más amplia y gratuita.

Y, desde luego, la excusa de la necesidad económica será, como siempre, poco digna de ser tomada en serio: vende tu auto, tu casa, tu cuerpo, da clases de álgebra, monta una ferretería o, si es necesario, púdrete en la miseria y sufre lo indecible pero, si realmente eres un poeta, no consientas barreras económicas que le dificulten a alguien tener un encuentro con tus versos, de eso se ocupará mejor el resto del mundo, a ti, rey o mendigo, te toca quedarte solo o entre algunos pocos locos que te comprendan.

Dicho esto, procedo a cumplir con lo manifestado, publicando poemarios en este blog. Que la sencillez de este blog sirva, además de delatar mi poco dominio del medio, como ejemplo de que con muy poco diseño y herramientas, sin ser necesarios grandes conocimientos, es posible, para cualquiera, publicar sus poemas.


Poemario Madrigal triste, 2005:

http://poemariomadrigaltriste.blogspot.com/



Poemario Solitaria, 2006:

http://poemariosolitaria.blogspot.com/



Poemario Soneto del desasosiego, 2007:

http://sonetodeldesasosiego.blogspot.com/



Poemario Siempre Sísifo, 2008:

http://poemariosiempresisifo.blogspot.com/



Poemario Los cristales, 2009:

http://poemasloscristales.blogspot.com/


Poema Sinfonía de un paseante solitario, 2010:

http://sinfoniadeunpaseantesolitario.blogspot.com/

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